Durante años, buena parte del sector confió en que la manera de crecer pasaba por ofrecer contenidos pensados para resolver dudas cotidianas: guías prácticas, orientaciones sobre trámites, respuestas rápidas para cuestiones domésticas o laborales. Ese tipo de piezas se convirtieron en el colchón de muchos medios digitales, especialmente de aquellos que dependían del tráfico procedente de buscadores. Funcionaban bien, atraían visitas estables y permitían, en tiempos de crisis, mantener un flujo constante de lectores.
Pero esa estrategia se ha ido desmoronando sin hacer apenas ruido. La transformación tecnológica ha creado un escenario inesperado: el público obtiene ese mismo tipo de información sin necesidad de acudir a un periódico. Basta con preguntar a un sistema conversacional o leer el resumen que aparece directamente en el buscador. El modelo que consolidó a gran parte de la prensa digital se está evaporando porque aquello que antes era un servicio diferencial ahora es un producto automatizado.
El impacto no es homogéneo. Algunas cabeceras han visto caer el tráfico procedente de búsquedas de forma abrupta, mientras otras apenas han sufrido variaciones. La diferencia, según reconocen varios directivos del sector en conversaciones privadas, no está en el tamaño del medio ni en su músculo financiero, sino en la naturaleza del contenido que publican. Allí donde la producción se apoyaba en información genérica y fácilmente replicable, el descenso ha sido profundo. En cambio, los proyectos que han mantenido una relación más estrecha con sus comunidades, que han apostado por contar lo que ocurre en su entorno más inmediato o que han invertido en trabajo propio, han resistido mucho mejor.
Lo que emerge de este proceso es una conclusión incómoda: la prensa debe volver a ocuparse de aquello que la inteligencia artificial no puede cubrir. La información que depende de la presencia física, del contraste directo, del acceso a fuentes primarias o de la capacidad de descubrir lo que permanece oculto. Las redacciones que han mantenido esta orientación están encontrando hoy una ventana de oportunidad inesperada. Mientras los contenidos de consumo rápido pierden relevancia, la actualidad más próxima, la exclusiva bien trabajada o la investigación que desvela prácticas desconocidas se han convertido en refugios seguros ante la irrupción tecnológica.
En España esta transición tiene una dimensión particular. Muchos medios locales sobrevivían, en buena medida, gracias a piezas que orientaban al ciudadano sobre trámites o servicios públicos. Ese terreno, que durante años fue una fuente fiable de audiencia, está siendo absorbido por sistemas automatizados. Esto obliga a un replanteamiento profundo: la función de estos medios ya no puede basarse en ser un puente entre la administración y el ciudadano, sino en recuperar un papel más incisivo y más crítico. Si la utilidad inmediata deja de ser una ventaja competitiva, la relevancia dependerá de la capacidad para contar lo que no está en ningún otro sitio.
La transformación también revela un debate más amplio sobre la identidad del periodismo en la era de la automatización. Durante años se asumió que la divulgación de información práctica era una forma eficiente de conectar con la audiencia. Lo era, sin duda, pero respondía a un contexto muy concreto, un contexto en el que la intermediación humana era imprescindible para ordenar la información disponible. Hoy ese papel lo desempeñan sistemas que procesan enormes volúmenes de datos en segundos. La consecuencia es clara: cuanto más estandarizada sea una pieza informativa, más probable es que una máquina pueda generarla sin intervención periodística.
De ahí que 2026 se perfilé como un año de reajuste profundo. Cada redacción tendrá que decidir si compite en un terreno donde los algoritmos llevan ventaja o si recupera su función original: observar, interpretar y descubrir. No es un dilema sencillo, porque implica asumir que parte de la producción tradicional ya no tiene valor estratégico. Pero también abre un horizonte estimulante. Allí donde la información es reciente, local, sensible, inesperada o compleja, la labor humana sigue siendo irremplazable.
Pese a los temores que acompañan siempre a los momentos de cambio, la situación actual puede ser una oportunidad histórica para redefinir el oficio. No se trata de resistir a la tecnología, sino de reconocer que el trabajo relevante no es el que se replica, sino el que se genera. Dejar atrás los viejos hábitos permitirá construir un modelo menos dependiente del tráfico fácil y más orientado a la calidad, la proximidad y la exclusividad. En última instancia, eso es lo que siempre ha distinguido al periodismo del resto de formas de comunicación: la capacidad de abrir ventanas donde otros solo ven muros.